SE HA IDO MUJICA
Hace ya buen tiempo, desde estas páginas, titulamos una nota: «desde las tatuceras a la Oficina Oval». Mujica, traductor mediante, estaba en el epicentro del gobierno mundial al lado de Barack Obama en una visita oficial a Estados Unidos. ¡Cómo habían cambiado las cosas! ¡Qué broma nos hacía el destino! Jamás nos íbamos a imaginar que aquel individuo flaco y rapado que salía de las mazmorras de la dictadura cuando retornaban las instituciones, iba a verse con la banda presidencial cruzándole el pecho y transando con el imperio. Se fue de este plano quien, tal vez, fue el mayor protagonista político y social de este país en más de media centuria. Mujica fue uno y varios a la vez. Primero el guerrillero; aquel que junto a otros iluminados, allá por los sesenta, inspirados en las revoluciones cubana y china, se alzaron en armas porque entendían que la Constitución uruguaya era burguesa y que la injusticia social campeaba por doquier. Bombas, atentados, muerte y destrucción por todas partes. Se habían adjudicado el derecho de decidir quién vivía y quién no, en una República que garantizaba las elecciones libres y en la que había un Poder Judicial independiente. Esa decisión puso a los militares rumbo a la casa de gobierno en una retahíla de atrocidades sin igual, dignas del más hondo repudio. Ese fue el supuesto «luchador social» y defensor de las clases oprimidas. Y luego, con los años, en plena Democracia y bajo la misma Carta Magna que despreció y que tanta repugnancia le causaba, llegó al poder sin cambiar una sola letra de la misma. Aquí aparece el político que llega a Presidente de la República, encabezando un gobierno que fracasa en sus cometidos esenciales y que permite impasible los mayores actos de corrupción que el Uruguay haya conocido, aunque él se mantuvo a flote sin dejar de estar en la consideración popular. Una cosa era el gobierno en sí mismo y otra, diferente, era Mujica, por más que él lo encabezara. Sin embargo, hay un Mujica más: ese que se había convertido en el mayor comunicador político de los uruguayos ya que nunca, casi nadie, consiguió transmitir un mensaje y penetrar con el mismo en tantas personas. Fue quien llegó a hablar mano a mano con sectores sociales en los que la izquierda no tenía predicamento. Él pudo dialogar en ese idioma que perdía galanura a cada alocución y que le daba a quienes lo atendían una inyección de su filosofía. Fue la figura opuesta a aquellos Peirano que, de traje y corbata, rezumando perfume francés, habían hecho el desfalco bancario más grande de que se tenga memoria y ahí comenzó para Mujica una espiral ascendente que no paraba de elevarlo por encima de cuanto político había, inclusive hasta de sus propios adláteres de la izquierda. Si en Uruguay hubo una «batalla cultural» de la que tanto se ha hablado y se habla, la inició, la peleó y la ganó Mujica. Pocos han logrado tener al país tan pendiente de cualquier cosa que dijese, y mantener durante tanto tiempo la atención de toda la sociedad. Nadie polarizó tanto a la gente haciendo que algunos se colocaran en la vereda de los buenos y otros en la de los desalmados. A ninguno se le hizo tanto caso y nadie sembró y cosechó el pensamiento de sus congéneres como él lo hizo ya que fue una especie de dios pagano que generaba un estado de gracia único en quienes lo seguían. «Lo político está por encima de lo jurídico», manifestó en alguna oportunidad y si bien la frase es aberrante para el Derecho, aunque dicha por él contenía una especie de ley de vida, muchos consideran que encierra una verdad irrebatible y han actuado en función de la misma. Se fue en pleno fragor de la lucha, tras haber impuesto su candidato a la Presidencia, que logró ganar las elecciones, y luego de ver otra vez el triunfo de sus fuerzas en los departamentos más poblados del país. Es mucho para este Uruguay y para este mundo; un mundo que, sin conocerlo demasiado, le rinde pleitesía. Para una nación como la nuestra, acostumbrada a las medianías, fue un exceso en todos los sentidos. Ha comenzado la era post Mujica. El Uruguay entero tendrá que vivirla y administrarla.
