Adultos Mayores
En Uruguay, como en tantos países de Occidente, no se tiene cabal conciencia de lo que significa pertenecer a lo que se conoce como «tercera edad». Se les denomina «adultos mayores», pero en voz baja se les dice «viejos» y hasta se agrega algunos adjetivos. Ya se está hablando de «viejismo» y el 15 de junio se ha tomado como el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez. Los viejos, y conste que esta expresión se escribe con el máximo de los respetos, muchas veces molestan y hasta perturban a las generaciones que les preceden. La Ley 17 796 dice que a los sesenta y cinco años, hombres y mujeres pasan a ese sector poblacional, aunque cuando los vemos corriendo por la rambla o por cualquier parte, levantando pesas o realizando actividades intelectuales de concentración y enfoque, no nos damos cuenta. Nos imaginamos que hay fundamentos científicos y sociológicos para semejante determinación. En Japón, debido a la cultura milenaria de ese pueblo y a las influencias de filosofías como el Confucionismo, los ancianos son tratados con veneración ya que son seres que trasuntan sabiduría. Llegaron antes, vivieron primero y pueden enseñar a todos. Los jóvenes lo saben y no lo discuten; está en lo básico de su enseñanza desde los primeros años. E inclusive los mayores en ese país tienen su propia festividad, denominada «Keirokai», que se celebra el tercer lunes de septiembre. Por estos lares, las cosas son bien distintas y basta andar por cualquier calle para darse cuenta. Todavía quedan rostros y manos compasivas que entienden las diferentes situaciones y, en especial, tienen en claro, que van a llegar a la edad de esos compatriotas. Algunos son solamente diplomáticos, pero por cierto que no son demasiados. La tendencia impuesta, y oculta, es que los mayores son una carga y la sociedad busca apartarlos de la vida de relación. Se les ofrece la entrada en colectivos de iguales para que no molesten y los asilos y residencias están saturados. El Estado debería llevar adelante una reflexión seria sobre el punto, ya que este tema no se resuelve con clubes y actividades acordes sino con una correcta integración intergeneracional, basada en la real utilidad de las vidas mayores que, en la mayoría de los casos y más allá de los estragos del tiempo, sigue siendo alta. Desde hace años se está diciendo que somos «un país de viejos». Entonces, no se entiende la razón por la cual a muchos les cuesta tanto respetar a los ancianos. Sobre las situaciones de maltrato, que son muchas en nuestros días, debería recaer todo el peso de la Ley, lo cual daría garantías de que nos estamos dando cuenta del daño que sufren en esas ocasiones quienes pertenecen a esa franja etaria. Mejor aún sería que todos estemos dispuestos a producir un cambio positivo al respecto.
