CUANDO LA VIOLENCIA DEJA DE SER NOTICIA Y SE CONVIERTE EN COSTUMBRE
Una ráfaga de disparos volvió a recordarnos, este lunes, que la violencia armada ya no parece tener fronteras. Esta vez ocurrió en la Ruta 74, donde dos vehículos que circulaban por la zona se enfrentaron a tiros por causas que todavía se investigan.““Uno de los automóviles involucrados en el tiroteo despistó y chocó contra una camioneta que transitaba por la ruta. El vehículo recibió más de 30 impactos de bala. En su interior viajaban cuatro personas, todas heridas, una de ellas de gravedad. Otro de los heridos logró abandonar la escena y posteriormente la Policía obtuvo información de que estaba siendo atendido en una policlínica de Sauce. La escena fue preservada. Comenzó la investigación. Se buscarán responsables, se reconstruirán los hechos y se intentará conocer qué originó el enfrentamiento. Es lo que corresponde.
Pero mientras la Policía trabaja para esclarecer un episodio más de violencia, la sociedad debería detenerse un instante y hacerse una pregunta mucho más profunda: ¿en qué momento comenzamos a aceptar que estas cosas podían ocurrir con tanta frecuencia? Los últimos datos disponibles sobre la violencia en Uruguay obligan a mantener encendida la alarma. Durante el primer semestre de 2026 se registraron 195 homicidios y aumentó también la cantidad de personas heridas por armas de fuego. La mayoría de los homicidios fueron cometidos utilizando este tipo de armas. Al mismo tiempo, otros delitos han mostrado descensos. Es un dato que debe reconocerse. Pero una reducción en determinados indicadores no puede servir para relativizar una realidad que sigue siendo dramática: la violencia armada continúa dejando muertos, heridos y familias marcadas para siempre. Y existe algo todavía más preocupante. La violencia ya no parece estar confinada a determinados lugares. Puede aparecer en un barrio, frente a una vivienda, en una esquina, en un comercio o, como ocurrió el lunes, en una ruta. En cualquier momento y en cualquier lugar.
Cuando dos vehículos se enfrentan a tiros mientras circulan por una carretera, el peligro deja de afectar exclusivamente a quienes participan del conflicto. También alcanza a quienes nada tienen que ver con él. Un conductor que pasa por el lugar, una familia que viaja, un trabajador que regresa a su casa. Todos quedan expuestos a una bala que no distingue nombres ni responsabilidades. No podemos acostumbrarnos. No podemos aceptar que la noticia de un nuevo homicidio sea recibida con indiferencia. No podemos mirar las cifras de fallecidos y heridos como si fueran simplemente una estadística mensual o anual. Cada número representa una persona. Alguien que tenía una familia, amigos, proyectos y una vida que terminó de manera violenta. La respuesta no puede limitarse a llegar después del disparo. La investigación policial es indispensable, pero también lo son la prevención, la inteligencia, el combate al tráfico ilegal de armas y la capacidad del Estado para anticiparse a los conflictos antes de que terminen en tragedia. También debemos recuperar algo que parece estar perdiéndose: el valor de la vida humana. Porque cuando una sociedad comienza a acostumbrarse a la violencia, el problema ya no es solamente la cantidad de homicidios. El verdadero peligro es que la muerte deje de conmovernos. La balacera de la Ruta 74 debería ser una advertencia. No solamente por los cuatro heridos, por los más de 30 impactos de bala o por el riesgo de que una persona inocente hubiera terminado alcanzada. Debería preocuparnos porque demuestra hasta dónde puede llegar una violencia que, si no se enfrenta con decisión, seguirá ocupando espacios que nunca debieron pertenecerle. Uruguay no puede resignarse a contar muertos y heridos. No podemos aceptar que la próxima balacera sea simplemente la próxima noticia.La violencia no puede convertirse en costumbre. Y cuando la muerte empieza a parecernos cotidiana, es porque como sociedad ya hemos permitido que el problema avance demasiado.
