LAS COSAS SE VALORAN CUANDO SE PIERDEN
Cuando Putin ordenó el inicio de la invasión a Ucrania –la decisión ya la había tomado bastante antes – todos pensamos, seguramente, el mismo Putin incluido, que dada la enorme diferencia entre el potencial bélico del invasor y del invadido las acciones no llevarían demasiado tiempo. Era presumible que en pocos días las fuerzas invasoras ocuparan el territorio ucraniano e implantaran un gobierno títere del Kremlin. Creyéndose triunfador de antemano, el presidente ruso de inmediato estableció las condiciones para el cese del ataque. Exigencias propias de quien ha logrado la rendición del adversario. Pero la cosa no resultó tan fácil. No hubo tal rendición. La resistencia heroica de los combatientes, militares y también civiles, en defensa de la soberanía de su patria trastocó los planes del gobierno concentrado en un solo hombre con delirios imperialistas.
Los soldados del ejército invasor, pelean porque los mandaron y no tienen otra alternativa, porque por ello les pagan y porque tal vez esperen un ascenso en reconocimiento a su valor. Razones por las que no vale la pena morir. Los que defienden su patria en cambio luchan por amor a la tierra de sus padres, la suya y la que querrían dejara a sus hijos. Saben que pueden morir, pero es lo que les demanda su conciencia y la historia de su nación. No es la misma motivación. Naturalmente ante infernales máquinas de matar, oponer coraje con pocas y muy inferiores armas, es una lucha desigual, pero entregar su tierra sin resistir no es opción para un patriota.
El ejemplo les viene de su propio gobierno. Cuando Biden le ofreció al presidente Zelenski la posibilidad de salir de Ucrania para salvar su vida, la respuesta de éste no pudo ser más digna. Si me quieren ayudar envíen armas, yo no quiero vacaciones. Su esposa declaró que tampoco pensaba abandonar el país y que estaba dispuesta a defenderlo con su vida.
En medio de brutales ataques que incluyen la destrucción de refugios, escuelas, hospitales, viviendas particulares, fábricas, central nuclear, aeropuerto, rutas, el gobierno de Ucrania, con las cartas en contra, se niega a reconocer la soberanía rusa en Crimea y en las dos provincias que son parte de su territorio pero que tienen fuerte influencia rusa. Es entendible. Ningún gobierno digno puede ceder en una negociación parte integrante de su país. Si lo arrebatan por la fuerza será otra cosa, pero mientras se pueda resistir se defenderá la soberanía nacional en la totalidad del territorio.
Mientras, millones de habitantes abandonan su país con la ropa que tienen puesta y poca cosa más, en tortuosas en inseguras marchas. Con un destino incierto, con familiares directos, padres, hijos, hermanos, que tal vez no vuelvan a ver. Polonia país fronterizo, ha recibido cuatro millones de personas que no puede atender. Es otra consecuencia que se agrega al drama que sufre un país, que tiene la desgracia de tener riquezas minerales, capacidad de producción de alimentos y tener de vecino a un país poderoso, con una enorme potencial bélico y gobernado por un hombre insensible con clara vocación imperialista.
Otra interrogante inquietante se refiere al futuro en caso que se concretara el triunfo ruso. ¿Putin parará acá, o tiene planes para proseguir en su propósito de anexar países? Como la mente de Putin es inescrutable, esta duda no tiene respuesta. La esperanza radica en el hecho incontrastable que esta invasión le costó más de lo que creyó. Porque a Rusia, en lo económico, en pérdidas humanas, en la política interna, en el prestigio internacional, esta invasión no le resultó gratis. Como tampoco le resultará en el futuro a ella y a cualquier otro país que intente algo similar.
Para finalizar una reflexión, que no es original, pero que me parece que no viene mal en vista de esta dolorosa realidad.
Cuando estamos sanos, no reparamos en lo extremadamente valioso que es la salud. Cuando nos aqueja algún mal, ahí sí nos damos cuenta de su valor.
Cuando, como en nuestro país, vivimos en paz, nos parece que es algo que tenemos ahora y es para siempre. Tal vez los ucranianos tiempos atrás pensaban lo mismo.
Cuando, como en nuestro país vivimos en libertad, creemos que es una conquista a salvo de cualquier eventualidad. Otros países, algunos de esta sufrida Latinoamérica, quizá creyeron lo mismo y hoy sus habitantes no pueden decir lo que piensan sin sufrir represalias, ni elegir libremente a sus gobiernos ni impugnar leyes.
Tengamos presente el título.
