UNA MANGA DE «INFELICES»
El título de esta nota hace alusión a la forma cómo se trataba a los hombres que acudían a la ONG «Proyecto Dominó», cuyo titular, cuyo nombre no vamos a decir aquí aunque haya salido por todos los medios, ha estado durante varios días en la cresta de la ola. Vamos por parte. Alguna vez hemos dicho que la situación de los hombres en los Juzgados de Familia, es diferente a la de las mujeres. Parece que, muchas veces, al varón le cuesta más defenderse o, al menos, debe tener pruebas demasiado concluyentes a su favor. La violencia doméstica siempre existió como resabio de una sociedad machista. Recién en las últimas décadas se ha legislado al respecto y vaya nuestro respeto a todas las organizaciones que, con seriedad, buscan la erradicación de la misma. En la práctica profesional hemos tenido innumerables casos de esa naturaleza. El Poder Judicial trabaja en forma conjunta con equipos multidisciplinarios que tienen la misión de indagar a los protagonistas de hechos violentos y elaborar informes sobre los mismos, en base a los cuales los magistrados toman sus decisiones. Tenemos el más alto concepto de los profesionales que cumplen funciones en ese ámbito ya que su colaboración resulta de enorme valor. Sin embargo en la capital de nuestro país, de acuerdo a lo que salió en la prensa, funcionaba una ONG, con el nombre más arriba mencionado. Periodistas de un conocido programa de televisión descubrieron que allí, lo que menos había era posibilidades de rehabilitación para quienes eran enviados por la Justicia. Diversos testimonios de hombres que fueron derivados a dicho centro, dan cuenta de que abundaban los insultos y los malos tratos a los que se les sometía. Llegaron a decir que allí se jugaba con la necesidad y con el dolor de los concurrentes y les hacían pagar para emitir informes que los favorecieran en los Juzgados. Intolerable por el lado que se le quiera mirar. Para colmo de males, esa organización estaba dirigida por un individuo con una egolatría exacerbada que pretendía que lo trataran como a un ser divino; una especie de dios pagano que construyó su propio púlpito con cajones de verdura. La metodología del tipo, hacía que en los asistentes se produjera el efecto contrario al buscado. Por ende, siendo gente a la que se enviaba para recuperarse de la violencia, muy probablemente saliera con más odio del que entraba. Esa especie de antro, ya que no se le puede llamar de otra forma, funcionó durante años. O sea que los magistrados estaban enviando a los hombres violentos a buscar un apaciguamiento en ese sitio. Ahora bien; las preguntas surgen. ¿No sabía nada el Poder Judicial sobre lo que estaba pasando en ese lugar? ¿Recién ahora, por medio de un programa periodístico, tomó conocimiento de lo que era eso? ¿Acaso no se hace un seguimiento de ese tipo de ONGés para sabér cómo trabajan y, especialmente, quiénes las dirigen y de qué forma? ¿Qué tipo de contralor se ejerce sobre la labor desarrollada por esas personas? Partamos de la base de que el Estado debe responsabilizarse por la violencia imperante en la sociedad; esa es la razón por la que se sancionaron diversas normas, entre ellas la Ley de Violencia Doméstica. Pero la respuesta legal, debe complementarse con la atención permanente hacia los lugares de reeducación de las personas violentas. Si tengo que hacer que un individuo que ejerció violencia, presión, o como se le quiera llamar, sobre sus congéneres, mejore su comportamiento, está muy bien que se le dé una chance de rehabilitarse para que se mueva por los carriles normales. Y si lo envío a una ONG en la que, años después de instalada, se descubre que destratan a quienes allí acuden, evidentemente es un desquicio. Es inconcebible, y ahí está lo desquiciante, que haya pasado tanto tiempo sin que nadie levantara la voz para decir nada, hasta que enfocaron con una cámara a los responsables del desastre. El asunto va más allá de nombres y es por esa razón que no damos ninguno. Da lo mismo. Es un claro tema de responsabilidades y la principal de ellas la tiene que asumir el Estado.
