abril 19, 2026

LA TOLERANCIA EN ENTREDICHO

Master Escribe Cardozo

Desde hace tiempo todos venimos siendo testigos de la caída de algunos valores o, mejor dicho, de ciertas cualidades en las personas y de los grupos, que tienen la relevancia necesaria para ser considerados como valores. Podríamos referirnos a los mismos como principios pero no lo hacemos porque estaríamos confundiendo la definición. Está claro que cada pueblo, cada sociedad tiene los suyos propios y los mismos cambian en determinados momentos de la historia; convengamos en que así debe ser. Occidente los sigue manteniendo en su generalidad, pero no con la misma fuerza y vigor de décadas atrás. No todo se le puede achacar a la evolución. La tolerancia no podía ser una excepción a dicha regla y, aparece como uno de los más afectados. No hay que trasladarse muy lejos para darse cuenta y, por otro lado, cuando dicha pérdida se ve en el ámbito de la conducción de los países, deberíamos tomarnos el asunto más en serio. Al menos los demócratas. La discrepancia como actitud propia de los seres humanos libres, no está siendo valorada en su real dimensión y no está claro cuándo, dónde o, tal vez, con quién comenzó todo esto. Estos tiempos demuestran, por parte de gobernantes y gobernados, que se ha marcado una grieta entre quienes sustentan un pensamiento y quienes sostienen otros; lo vemos todos los días. Es el clásico; «ellos y nosotros». Diversos debates nos colocan lejos de la realidad porque los mismos no parecen iniciarse para buscar el punto en el que todo es mejor, sino que dan la sensación de tener lugar como forma de buscar la descalificación del otro. Las redes sociales, desde un primer momento, han marcado tendencia en estos aspectos ya que en las mismas emisor y receptor se confunden y muchos hablan a través de ellas en forma intempestiva; total, nadie los controla. Muchos de los que osan discrepar son tildados con los diferentes «ismos». No se busca una razón sino «mi razón». El razonamiento y la profundidad de los análisis hace rato que quedaron en desuso. Nos enteramos hace poco que en 2020, ciento cincuenta intelectuales norteamericanos, firmaron una misiva que fue publicada por la revista «Harper’s» en la cual revindican su derecho a discrepar. Los signantes aspiran a que se les reconozca su capacidad de decir las cosas por su nombre, brindando sus argumentos y defendiendo sus posturas pero dentro de un clima de tolerancia y respeto. «La inclusión democrática que queremos solo se puede lograr si nos expresamos en contra del clima intolerante que se ha establecido por doquier». Clarísimo. No se necesita ninguna clase de conocimiento previo, así como tampoco de consulta, para entender hacia dónde apuntan. Y si encima agregan: «hay una intolerancia a los puntos de vista contrarios, un gusto por avergonzar públicamente y condenar al ostracismo, y una tendencia a disolver cuestiones políticas complejas en una certeza moral cegadora», está todo dicho. Pero vamos un poco más allá en lo que esta gente dijo: «La manera de derrotar las malas ideas es la exposición, el argumento y la persuasión, no tratar de silenciarlas o desear expulsarlas. Rechazamos la disyuntiva falaz entre justicia y libertad, que no pueden existir la una sin la otra». La carta en cuestión no tiene desperdicio y se trata de uno de esos casos en los que es preferible no dar nombres, ya que a todos nos vienen unos cuantos a la memoria. Por cierto, que a algunos de ellos los tenemos que ver bastante seguido.