CASI MEDIO SIGLO
Aquel día estábamos en casa como una familia cualquiera, con las marchas militares resonando desde hacía tiempo en nuestros oídos. Era un botija, pero el silencio imperante, la atención que se le dispensaba a cualquier informativo y, más aún, a los comunicados de la Oficina de Prensa de las Fuerzas Conjuntas, me daba a entender que pasaba algo grande que nos involucraba a todos. Tengo un vago recuerdo de que, en aquel 27 de junio, un familiar llegó a casa exaltado y dijo algo así como: «ya entraron los milicos» y los mayores que estaban a mi lado respondieron con un cortante «ya está», con mirada seria y rostro adusto. Juan María Bordaberry disolvió por Decreto el Parlamento votado por el pueblo y se convirtió en el primer gobernante de hecho en ese proceso. Más tarde pretendió eliminar los Partidos Políticos y ni siquiera los militares que lo sostenían en el poder le aceptaron la idea que en sí era demencial. La cuestión había comenzado en febrero de aquel año y el Dr. Amilcar Vasconcellos presagiaba todo cuanto iba a pasar en su libro «Febrero amargo». Durante los siguientes días, pudimos apreciar la bronca de algunos y las risas de otros. «Que se llevaron por delante al Parlamento». «Que tenía que venir alguien a poner orden». «Que nadie cree en los políticos». «Que el Uruguay no se merece esto». «Que era necesario una mano firme», y tomábamos contacto con las opiniones de todos. Sin llegar a los diez años era poco lo que entendíamos sobre el asunto, aunque algo agarrábamos de lo que se hablaba en voz baja; pero siempre, sin faltar una sola mañana, EL DIA estaba sobre la mesa abierto en la página en la que salía la foto de aquel hombre corpulento de sobretodo negro acompañada de frases que él había dicho hacía mucho tiempo atrás. Fue en esos momentos, cuando aprendimos a conocer a ese individuo cuya memoria iluminaba el camino de muchísima gente e iluminó también el nuestro ya que así lo decidimos. En ese ambiente cursamos primaria y secundaria. Los almanaques pasaron y, si bien fuimos simplemente espectadores de aquello que estaba sucediendo en este país, el transcurso del tiempo nos permite tener una opinión clara sobre los hechos. Fue un enfrentamiento entre «iluminados» y al golpearse unos a otros lastimaron a este pueblo. Unos partían de la base de que en el Uruguay reinaba la injusticia. A esos le recordamos que, cuando comenzaron su aventura, este país tenía el ingreso per cápita más alto de América Latina y que nuestro sistema educativo estaba considerado uno de los mejores del mundo. Otros pregonaban la falta de orden y la incapacidad del sistema político para enfrentar la situación que imperaba. Les podemos contestar que acá se votaba religiosamente, había un Parlamento elegido por el pueblo y un Poder Judicial independiente. Y tras padecer la agresión subversiva, que costó la vida de muchos inocentes que no tenían nada que ver con la verdad revelada que sólo ellos conocían, nos tocó vivir bajo la soberbia militarista, que también se cobró sus víctimas. Cada uno tuvo su relato. Pero ninguno de los dos logró superar la inteligencia del pueblo que los puso en el lugar que correspondía. Hubo un claro propósito, por parte de los dos, de dividir la sociedad entre amigos y enemigos. Para algunos oligarquía y Pueblo. Para otros comunistas y patriotas. Ninguno de ellos tuvo a la gente como su prioridad. La ambición y la sed de poder los gobernó a ambos. Luego vivimos once años de falsa tranquilidad y silencio sepulcral. Vigilancia permanente. Prohibición de locales partidarios y de reuniones de opinión. La cédula siempre a mano y el pelo corto. «No te metas en nada y si oís que alguien dice algo raro, alejate del lugar». La verdad era que nadie nos molestaba, y no podíamos decir que vivíamos mal. En las calles había movimiento. El Centenario se llenaba cuando jugaban los grandes. Había colas en los cines. Los locales bailables estaban atestados de jóvenes y durante los veranos las playas mostraban una afluencia enorme de veraneantes y turistas. Pero algo no funcionaba. No se podía hablar y las decisiones que nos concernían a todos se tomaban en un seudo parlamento llamado Consejo de Estado, que casi nadie sabía quiénes lo integraban porque ningún uruguayo lo había votado. Un buen día la gente comenzó a expresarse de nuevo. El gobierno de facto postulaba un proyecto de Constitución y el resultado electoral del mismo iba a definir el futuro. La sociedad se fracturaba entre el Sí y el No. Hubo de todo. Algunos creyeron que votando el Sí sacaban a los militares. Otros entendían que con ese voto los dejaban en el poder. Al No se le veía de la misma manera, pero fue más y aquella expresión de los uruguayos marcó el rumbo a las Elecciones Internas y luego hacia la primera Elección General después del proceso. A partir de ese momento, las fuerzas militares se quedarían para siempre subordinadas al poder emanado de las urnas. No todos los países pueden contar lo mismo. De todo aquello, que no queremos revivir, nos quedan lecciones que a algunos les ha costado aprender. A la Libertad y a la Democracia hay que cuidarlas siempre sin perder la atención jamás en todo lo que concierne a ellas. Nadie se puede sustraer a esa responsabilidad. La voluntad de la ciudadanía debe ser respetada siempre; el pueblo uruguayo, en todo momento, demostró una encomiable cultura cívica. Los mesianismos no dejan de ser ridiculeces sin importar de dónde provengan. Nadie tiene el patrimonio de la decencia ni de la honradez. La Constitución burguesa que algunos tanto criticaron combatiéndola a sangre y fuego fue con la que ellos mismos gobernaron cuando les tocó hacerlo. Los comunistas apoyaron los Comunicados 4 y 7.
