junio 21, 2026
floresta

Hace un par de semanas recibimos en nuestro café a un amigo, el Sr Humberto Falconi. Pero no venía solo, lo acompañaban el Sr. Juan Daniel Mesa y Señora. Luego de las correspondientes presentaciones una cálida charla se entabló, y luego, la propuesta: Juan Daniel me propone participar en el diario que el dirige poniendo a disposición un importante espacio para difundir asuntos de interés cultural.

En primer lugar, me generó un grato asombro y de inmediato interés en asumir el nuevo reto. Evidentemente nuestro amigo, el Sr Falconi lo convenció de que por alguna razón mi labor podría ser útil al diario, de todo lo cual, me siento muy alagado. Y aún así, siento el deber de informarle al lector que no cuento con ninguna formación periodística, por eso que titulé el comienzo de este relato como: UNO MAS. Y es por esta razón que valoro la valentía del espacio concedido al Diario Tiempo y tal gesto intentare honrarlo con esfuerzo y conocimiento, dejando siempre el canal abierto al buen juicio del lector y al responsable de la dirección de este diario.

Mi finalidad en este espacio es ilustrarlos sobre la fascinante historia de mi pueblo, el Balneario La Floresta, dividiendo el artículo en dos tiempos, uno de ellos lo podríamos llamar “La Floresta del ayer” segmento en donde ahondaré en su historia y al otro segmento lo denominare “La Floresta del hoy” en el cual se resaltarán los actuales acontecimientos.

No es de intención hablar sobre mi persona, pero siento oportuno hacerlo en esta ocasión para contextualizar mi vida con la de mi pueblo y que el lector entienda la conexión de lo personal con lo histórico. Mi nombre es Javier Montes, nacido en Montevideo en el año 79 desde muy pequeño era visible que por mis venas más que sangre, corría sabia verde y eso gracias al agricultor italiano Alessandro Cazzulo mi bisabuelo materno, a quién conocí y de quien sin duda herede la afinidad por la profesión que he elegido: jardinero. Como seguramente les pasara a ustedes cada una de las personas que pasan por nuestra vida dejan marcas muy especiales y sin duda si son la familia esas marcas nos patentan nuestras acciones, así mismo las decisiones de nuestros mayores influyen en el destino que la vida nos tiene guardadas para ser vividas. Una de esas decisiones fue tomada en una sobremesa familiar de domingo invernal en el año 1987, al decidir comprar una casita de verano. La propuesta audaz partió de mi padre y mi madre, la aventurera, acompañó. El primer destino fue el balneario Atlántida, la tradición familiar nos llevó al prestigioso balneario canario, pero nuestra realidad financiera no nos permitía ser propietarios en aquel cotizado lugar, y lejos de quebrarnos, se gestó otra idea: “¿Por qué no vamos a La Floresta?”, dijo mi madre, “¡Es tan lindo!” … y así se hizo. Luego de ver algunas propiedades una en especial llegó a nuestro alcance y el lugar nos cautivó. Los meses van pasando y las mejoras a la propiedad comienzan a gestarse, mientras esas ocupaciones se iban desarrollando yo con 8 años comencé a descubrir aquel misterioso lugar, perfumes nuevos invadieron mis pulmones, el viento y su sonido, la lluvia, el granizo, los truenos, las tormentas, el sol, los pájaros, el mar, todo era vivido con intensidad, un descubrir nuevo en mi vida, hasta entonces yo era un niño de la capital, pero aquel mundo era para mí la libertad, era uno más en la naturaleza. Tal fue mi fascinación con aquel lugar que en un momento le afirme a mi padre que cuando creciera iba a quedarme a vivir en La Floresta, y el me pregunta: “¿Y a qué te vas a dedicar?”. “Ya veremos”, recuerdo haberle respondido. Entretanto la energía del lugar acompañaba mi crecimiento y me preparaba para el futuro. La actividad de jardinero comienza de forma temprana en mi vida, ya con 15 años comienzan las primeras actividades, mi primer cliente fue el Sr Ricardo Mackinnon, aquel hombre de antepasados escoceses fue el primero que me dijo la palabra mágica para quienes buscamos empleo… Sí. Y con su afirmación comienzo mis actividades en su jardín, entablamos una amistad formidable, y en uno de esos días me contó algo: “Sabes ¿por qué se llama este lugar La Floresta? Era una empresa”. “¡¿Una empresa?!”, le pregunto sorprendido y de ahí en adelante mi curiosidad me llevó a querer saber más. En lo que consistía el asunto empresarial de mi pueblo comienza a generar en mi curiosidad, y esa curiosidad comienza a generar preguntas y lo cautivante es que algunas de aquellas preguntas estaban prohibidas de ser difundidas, y así debían quedar al menos por un tiempo. A mis 24 años La Floresta me tenía preparado un reto, el más genuino de los retos, ser fundador de un vivero, pero aquel vivero tenía que ser un homenaje al lugar donde debía ser concebido, y como en sus orígenes fundacionales La Floresta vuelve a darle vida a la semilla que germinara el porvenir de su creación. Un vivero en La Floresta, lo que puede parecer un simple comercio, no es tan simple para nuestro pueblo, es su origen y desde allí se asegurarán las más profundas tradiciones Florestinas y desde aquí se gestan las historias que darán lugar a una trasformación única de la cual ustedes podrán conocerla de primera mano.

Deseo que con esta primera introducción les genere curiosidad en conocer como continuarán las sucesivas publicaciones de la historia del primer y único balneario fundado por empresarios católicos en el Uruguay.

De este modo los convoco a reencontrarnos todas las primeras semanas de cada mes, en Diario Tiempo.
Los saluda desde Tierra Santa, La Floresta, Javier Montes