abril 30, 2026
Master Escribe Fuentes

Es una expresión que usa a manudo Alberto Kessman. Ahora que estamos en las instancias definitorias del Campeonato Mundial de Fútbol, la presencia más asidua que lo habitual de los periodistas deportivos en los medios de comunicación, la referencia a este veterano relator, viene a cuento.
No es mi propósito, sin embargo, incursionar en el terreno deportivo, sino usar la mencionada frase para referirla a un asunto que tiene una actualidad, que no debería. Se trata de una cada vez mayor interferencia entre la Política y la Justicia.
Una cosa en la actividad política y otra la administración de la Justicia. Ésta debe estar totalmente al margen de intereses partidarios y obrar con independencia y sin presiones.
Pero el debe ser muchas veces no es. Demasiados temas que debieran quedar en la órbita menos mediática, menos apasionada, de la Justicia, pasan a ser parte de la agenda política y a menudo, implícita y en no pocos casos explícitamente, se presiona. No sólo eso, también se encomienda a este Poder del Estado a intervenir para anular medidas dispuestas por las autoridades idóneas para hacerlo. Hay asuntos que por su importancia, deben ser tratados con seriedad, mesura y madurez. No todo debe encararse con la mente en lo electoral. Hasta se puede llegar a una saturación tal que mucha gente cansada de tanta permanencia en los medios de actores partidarios, con un discurso reiterativo, con más adjetivos que razones, termine desinteresándose. Y eso no es buena cosa. Entiendo que existen casos que necesariamente deben ser llevados a la Justicia, pero una vez en ella, cabe aguardar su pronunciamiento sin hacer campaña para que falle en un sentido o en otro. Así como la ciudadanía pone en sus cargos a legisladores, presidentes, intendentes, ediles, alcaldes, concejales para que gobiernen unos y controlen otros, porque se da por sentado que confía en ellos, también éstos deben confiar en quienes ejercen la Justicia. Hay tres poderes independientes: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Si alguno trata de influir en otro, está violentando el principio de la separación de poderes. Ni judicializar la Política, ni politizar la Justicia. Cada uno en lo suyo.
También es verdad que hay situaciones en las que pueden correr en paralelo. La Justicia falla exclusivamente en base a pruebas. Por más que exista la más firma convicción de la culpabilidad de una persona, si no se puede probar, no se le puede condenar. Seguramente abundan casos de gente que no es inocente, pero al carecer de elementos probatorios queda libre. En política, en cambio, se puede juzgar desde otro punto de vista. Si alguien, cualquiera sea la jerarquía del cargo que desempeña, su comportamiento ético no se condice con lo que de él se espera, puede sufrir la condena política, aunque penalmente pudiera no ser condenado. Cuando un funcionario no está a la altura de su responsabilidad afecta la credibilidad del sistema, y por lo tanto no puede permanecer en su puesto. Paso a un caso concreto. El asunto Astesiano ha tenido una repercusión mucho mayor que la renuncia de un Vicepresidente, no hace tanto tiempo. No voy a hacer conjeturas acerca del por qué. Lo que digo es que en este caso, debe intervenir la Justicia sin que actores partidarios ocupen minutos y minutos en los noticieros para decir básicamente lo mismo, con la complacencia de algunos reporteros. Lo esperable es que llegue hasta el fondo y todo aquel que tenga responsabilidad, cualquiera sea el cargo que ocupa, reciba la sanción que merece. Pero mientras tanto dejemos actuar a la Fiscalía, que bastante difícil es el caso como para que además le carguemos con presiones. Una cosa es la Política y otra cosa en la Justicia. No parece tan difícil entenderlo.