mayo 7, 2026
Master Escribe Cardozo

Así sonaba la proclama que Juan Antonio Lavalleja realizó en la playa de La Agraciada. Y era verdad. En unos pocos días, los uruguayos celebraremos los doscientos años de la Declaratoria de la Independencia. Desde niños conmemoramos esa fecha que es sagrada para el país. Así nos lo dieron a memorizar los diferentes programas educativos que nos han impuesto a lo largo del tiempo. Los uruguayos, hoy por hoy, no se preguntan cómo nacieron, de dónde vienen ni qué sustento tiene esta nación; la gente está ocupada en su día a día y no se pone a considerar esos temas. La fecha en sí, es trascendental para la nación, aunque en aquel momento no éramos este país que hoy somos. Los orientales habían ganado la batalla contra los ocupantes de nuestro territorio, aunque Lavalleja y sus huestes no buscaban asentar un Estado ya que, hasta ese momento, formábamos una unión con varias provincias argentinas. El propio Artigas, cuya historia y pensamiento hoy vuelve a estar en la discusión de algunos, ambientaba la Liga Federal, o sea la unidad de dichas provincias, pero sin que la capital de las mismas fuese Buenos Aires, cuyos dirigentes le provocaban desconfianza. Entonces, la Declaratoria del 25 de agosto, marca lo que se podría llamar una instancia liberadora del yugo extranjero, sin que eso signifique quedar fuera de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Tres años más tarde, con la intervención de Su Majestad Británica por medio de su enviado Lord Ponsomby, que vino «supuestamente» a mediar en el litigio, entre Argentina y Brasil se acordó la independencia de esta Provincia. Entonces se instala la Asamblea Constituyente y se realiza la Convención Preliminar de Paz, tan duramente fustigada por el extinto profesor Guillermo Vázquez Franco, que la consideró como «traición a la patria». Entendía este educador que declarar libre a este país, significaba mancillar el proyecto político en el que los orientales se habían embarcado desde el inicio de la revolución. También están los que entienden, que la diplomacia inglesa, lo que buscaba era crear un estado entre los dos gigantes, que eran Argentina y Brasil, para que ninguno de los dos monopolizara la entrada a este continente. Luego, en 1830, se produce la Jura de la Constitución y comienza a regir la institucionalidad, muy artesanal, casi rudimentaria en aquellos tiempos, pero que con el devenir de la historia se irá perfeccionando. ¿Era viable un Uruguay libre e independiente en aquellos momentos? No puede afirmarse ni decirse lo contrario. La salida de los «invasores» que ocupaban esta tierra, dejó a los criollos en una verdadera orfandad intelectual y la disputa por espacios de poder motivó el inicio de innumerables revueltas. No olvidemos que fuimos una «tierra purpúrea». Más adelante, con la majestad del voto, los ya uruguayos, supieron cómo dirimir cada uno de sus conflictos y aunque padecimos algunos quebrantamientos institucionales, se fue modelando el «ser uruguayo», al que se considera manso, solidario y aferrado a esa manera de ser que tiene nuestro pueblo. De todas formas, más allá de lo que ha sido nuestra historia, que merece un continuo análisis, debemos concentrarnos en el porvenir, en lo que se viene y en el mantenimiento de la Paz y de la Democracia, sendas por antonomasia para asentar el progreso.