Despertando
El racismo siempre me ha parecido una de las más reverendas estupideces, y me llega a la memoria una de las grandes máximas de Albert Einstein, quien decía que hay dos cosas que no tienen límite: el Universo y la estupidez humana. Poderosos fundamentos asistieron al gran sabio para opinar de esa forma. Parece increíble pero este mal, el racismo, aún tenga focos activos en este siglo: hay seres humanos a quienes no les ha sonado el despertador de la historia, aunque hay otros que se sienten como pez en el agua viviendo esa pesadilla. Nadie crea que eso no pasa en nuestra penillanura suavemente ondulada. Claro que pasa. Hay personas que no pueden ni siquiera estar al lado de un semejante de etnia negra ya que eso le produce escozores que no saben ni cómo aliviárselos. Es precisamente de la comunidad negra norteamericana, tan atacada como controvertida, en otra oportunidad nos explayaremos sobre el asunto, de donde surge un nuevo paradigma cultural que no engloba únicamente a los seres de esta etnia sino que pretende una aplicación generalizada de sus pareceres. Nos referimos a lo que ha dado en llamarse «la cultura woke». Esta última palabara quiere decir «despertar», en inglés, y el concepto en sí, nos está hablando de resistencia contra todo aquello que se considere negativo para esos grupos. Sus partidarios de a poco van insertando su segmento en el mundo de los colectivos, que, per se, ya están presagiando actitudes de presión.
Está bien defenderse así como defender derechos conquistados por los que se ha luchado, pero existen límites entre eso y barrer con toda opinión que a algunos le pueda parecer beligerante. En un principio sus cultores, tal vez sin pretenderlo, polarizaban cualquier discusión. Si por un lado tenemos una sociedad que, de acuerdo a la visión de algunos, aparece como «dormida», el grupo que considera que se encuentra «despierto» levanta alguna que otra polvareda. A nadie le agrada que un sector de iluminados le venga a decir qué tiene que hacer o cómo tiene que comportarse. Si así sucediera, estaríamos ante un peligroso reduccionismo y la enorme mayoría no lo quiere. Hay muchos matices de gris.
En pocas palabras, podría decirse que para los «woke», el hombre blanco, ¡vaya concepto!, es la encarnación de todos los males de la humanidad y a este hombre blanco le va a costar muchísimo redimirse si es que algún día lo consigue. Es una concepción aplastante que está más allá de la defensa conciente que se ha hecho de las diferentes etnias. No va por ahí el asunto. El «despertar» del que se habla hace claras referencias a una aniquilación total del pensamiento de aquellos que no adhieren a la causa «woke».
Está muy bien que las distintas sociedades se convoquen al análisis para que cada integrante de las mismas defina que rol pretende jugar en el entramado social. Muchos no acudirían a ese llamado pero está bien hacerlo. Si la intención es convocar a occidente para que se mantenga alerta ante las posibles injusticias que puedan ser cometidas en cualquier parte, las cuales muchas veces no son apreciadas cuando aparecen, occidente y sus mayorías racionales hace tiempo que tomaron sus recaudos.
Ahora, si estamos hablando de «cancelar»a todos aquellos que se atreven a decir algo que, de pronto, no concuerda con lo que un determinado grupo piensa, le estamos poniendo la alfombra roja a la intolerancia y quienes así piensan, deberían entender que los totalitarismos, están avizorando una puerta entreabierta. Si se trata de combatir el mal, sin importar el concepto que del mismo se tenga, evitando agresiones pequeñas para que las mismas no se agranden, es dable pensar que todos estamos en lo mismo.
