EL GOCE DE LA VIDA
Escribe Dr. Julio Cardozo
Con ese nombre, y su colocación en un primer e indiscutible lugar, la Constitución de la República se refiere, en su artículo 7 al más elemental de los Derechos. Siendo así, podría interpretarse que depende de la apreciación subjetiva de cada uno en lo que respecta a su propia vida. Por cierto que no a la de otros. O sea que es el ser humano en su individualidad más absoluta quien tiene el derecho de decirse a sí mismo «sí o no».
El tema no tiene nada de sencillo y se complica más cuando la persona se encuentra en la etapa terminal de su vida. Muchas veces son otros los que tienen que tomar la decisión. Si el enfermo llega a tener algo de luz en su mente, no son pocas las veces que pide el fin de su existencia para no sobrecargar a quienes tiene a su lado. He escuchado muchas veces a familiares de enfermos terminales decir cosas como: «Cuándo terminará todo esto» o «para vivir así es mejor morirse». Hablar en esos términos es siempre engorroso y el tema de la eutanasia parece no tener fin.
No está claro qué se entiende por «ayudar a bien morir». ¿Qué significa «bien morir»? ¿Hay alguna forma en la que pueda decirse que un ser humano «se muere bien»? Es un tema para que lo analice un Santo Tomás Aquino o un Gadamer, o sea, esa clase de individuos que entregaron su vida a la profundidad del pensamiento aunque muchas veces sus disquisiciones se topen con realidades inexplicables. Siempre digo lo mismo en esta clase de asuntos: Hay que estar «ahí» para saber cómo son las cosas. Los sentimientos y la mente, sin que podamos preverlo, nos llevan por senderos desconocidos. Hay momentos en los que el ser humano no sabe para dónde salir. A veces hacemos gárgaras con cuestiones que, llegado el momento, no sabemos cómo solucionar.
Cuántas veces sucede que decimos frases como: «Yo no quiero ese sufrimiento para mí, ni para nadie y llegada la hora pido la inyección letal». Pero cuando uno está ahí, ¿Pide el fin de su vida así como así? Y cuando se trata de un familiar cercano, ¿Se clama tan ligeramente por «la muerte digna» o se quiere prolongar la vida de ese ser para no enfrentarse al drama de no tenerlo? Ya Buda, siglos antes de que llegara al mundo el hombre más trascendente de la historia, decía que la mente lo es todo. Y para colmo de males, hay que considerar la presión a la que en ese momento están sometidos tanto el enfermo como quienes están a su lado.
De ahí que la «sedación paliativa» ofrezca una alternativa diferente y nos parece que el Estado, dadas las condiciones necesarias, debería caminar por esa senda, que aparece como más humana. Partamos de la base de estar utilizando el término «paliativo», lo que significa que los médicos ya no pueden hacer nada más. Por cierto, que aquí el camino no es más fácil ni nada por el estilo aunque, en nuestra opinión, deben establecerse protocolos claros ya que las situaciones en las que se les va a aplicar no admiten dudas.
Hagamos una simple comparación. Ubiquémonos sicológicamente un minuto después de haber solicitado la eutanasia para un familiar cercano que sufre por un mal incurable. Y comparemos dicha sensación con la que podríamos experimentar si hubiésemos pedido para ese familiar los cuidados paliativos y la sedación paliativa. ¿Acaso no sería mucho más liviana la carga? Sin duda que sí través de la sedación se va directamente a la esencia del ser humano que padece la dolencia.
Estamos hablando de un sistema que exige una preparación muy especial a quienes son los encargados de aplicarlo. No es para cualquiera penetrar en la psique de alguien que está cerca de morir y orientarlo hacia la paz de su mente, lo cual va más allá de la sedación propiamente dicha. Es tal cual. Día a día se comprueba en todos los centros de atención a la salud. Parecería que la vida se jerarquizara más si no fuera tratada con tanta ligereza, cuando la ciencia ya tiró la toalla.
