abril 19, 2026
Master Escribe Fuentes

Dentro de cada país conviven personas que tienen diversas maneras de pensar, diferentes grados de contracción al trabajo, de respeto a las leyes, al cumplimiento de sus obligaciones y de sus compromisos. De modo que no existe una característica que identifique a la totalidad de la población. Cuando se habla de la “uruguayez” como una calificación de nuestro comportamiento con un tono de cierta autocrítica por considerarnos poco dinámicos, por no asumir con decisión los desafíos, eso no involucra a todos.
Hecha esta salvedad, no podemos negar que en cada nación se dan algunas características que, sin abarcar a la totalidad, por ser de la mayoría, de alguna manera se las considera que le son propias.
Esto puede verse en forma muy clara en el terreno político.
En Argentina, ante el grado de enfrentamiento entre los dos grandes sectores en que se divide la opinión pública, no podemos menos que llamarnos al asombro. Ahí existe realmente una grieta, en la que no se escatiman calificaciones, acusaciones de corrupción que involucran a figuras que están en los primeros planos de la dirigencia política, sindical, empresarial. Se pone en tela de juicio la imparcialidad de la Justicia. La mayoría de los espacios periodísticos no son neutrales, y por lo tanto la información que brindan está sesgada.
En Brasil, hay elecciones presidenciales el domingo próximo, y los dos principales candidatos no se quedan cortos en los adjetivos a su respectivo contendiente. Mientras el presidente Bolsonaro acusa de ladrón a Lula, éste lo tilda de idiota. En ese nivel se desarrolló la campaña. El grado de polarización es tal que queda en segundo lugar lo que realmente debiera importar que es el programa que cada uno piensa aplicar en caso de lograr acceder al gobierno. Aunque es verdad que se conoce el pensamiento y la filosofía de uno y otro.
Esto no quiere decir que la totalidad de la ciudadanía de nuestros dos vecinos tengan similar nivel de polarización, ni que compartan el tono en que se da la lucha política, pero es lo que ofrecen las figuras más destacadas, sus allegados más próximos, su militancia y buena parte de sus respectivos partidarios.
Y por casa ¿cómo andamos?
No nos faltan enfrentamientos, duros debates, pero es claro que no está en nuestro ADN llegar a tales extremos. No hay una brecha lo suficientemente profunda como para impedir el diálogo entre quienes piensan distinto. Sería ingenuo suponer que no haya personas que llevados por un fanatismo que inexorablemente lleva a la
intolerancia, sean capaces de intentar incendiar la pradera. Pero no es el caso de los principales referentes de los distintos partidos. Y es buena cosa que sea así.
Vivimos en un pequeño país, comparado con los dos gigantes vecinos. Si llegamos a la insensatez de volar los puentes de comunicación extrapartidarios, seremos cada vez más débiles, más dependientes, y por lo tanto más pobres. A partir de la década de los años 60 del siglo pasado, y durante algunos (demasiados) años, fuimos víctimas de influencias externas, provenientes de otras realidades y vivimos tiempos muy difíciles. Creo que aprendimos a no repetir la pesadilla de esos años.
En definitiva, no vivimos en el mejor de los mundos, ni estamos en condiciones de sentirnos mejor que otros, pero que hay alguna diferencia, no cabe duda.