SALPICADO POR UN CUSTODIO
El tema es complicado y va a molestar más de lo que se pueda suponer. La primero que la gente piensa es que resulta imposible que el presidente de la República no tuviera conocimiento de quién era en realidad el jefe de seguridad. Tampoco se cree que el mandatario ignorara que esa persona había sido procesada en 2002 y 2013. De todas formas corresponde destacar la solidez institucional de este país y la vocación republicana del gobierno que, muy lejos de procurar protección para un subordinado, no buscó chicanas ni obstáculos de ninguna especie para la acción de la Justicia. Pero, ¿no averiguó a quiénes le estaba confiando su seguridad y la de su familia? ¿no hubo nadie que se acercara a decirle que reparara en eso? Si las cosas fueron así, como nos las están contando, hay algo en la institución Presidencia de este país que funciona muy mal. Si le pasaron equivocadamente los datos, hay que ver el tema desde dos posibles puntos de vista: o el presidente tiene a su lado a gente de cuya fidelidad debería dudar, o tiene a su lado a gente de cuya capacidad debería dudar. Ambas cosas comprometerían a la Presidencia y, por otro lado, le sirvieron una copa en bandeja a la oposición que ya se despachó con el anuncio de que se va a pedir una investigación para esclarecer los hechos. Cabe decir que estarían en su derecho de hacerlo ya que los asiste la práctica de haber sido susceptibles de investigaciones tantas veces. La Cancillería y el Ministerio del Interior están jugando sus cartas para «arreglar» el asunto, más allá de esperar la acción de Fiscalía. Acá no se trata de valorar «la frontalidad» de Lacalle Pou; se sabe que el mandatario da la cara siempre y está vez no iba a ser la excepción. Pero una cosa es esa condición de enorme valor en una República y otra es encontrarse ante un dilema de este tipo, porque la gente, que por cierto cada día parece más lejos de la política, piensa que, efectivamente, está bien alejarse de la misma, porque se produce esta clase de hechos que son los que la alejan. El hombre está acusado de «suposición de estado civil en reiteración real, asociación para delinquir y tráfico de influencias». Colaboró para que varios rusos pasaran como nacidos en Uruguay y, de esa forma, obtuvieran su pasaporte. Por otro lado ya lo habían sentado en el banquillo de los acusados por «daño, hurto y estafa»; por la última de las transgresiones citadas estuvo tras las rejas. Estamos hablando de alguien que no actuaba solo, sino que pertenecía a una banda que se dedicaba a cometer esta clase de delitos y, muy posiblemente, otros tantos. Se aprovechó de las influencias y del poder que le daba el cargo que ocupaba en el Edificio Libertad. El rosario es largo. La oposición se está haciendo un picnic y la salpicadura alcanzó a la Torre Ejecutiva. No va a bastar que la jefatura de la custodia presidencial se la den a otro. Va a pasar eso, claro que sí. Pero esto descorre levemente el velo tras el que se avizora un mundo oscuro, en el que se juegan intereses que muchas veces nada tienen que ver con la gente.
