abril 16, 2026
Master Escribe Cardozo

¡Qué difícil podría ser esto, pero, al mismo tiempo, qué necesario! El Uruguay está a punto de aprobar, para personas en situación de calle y en algunas circunstancias especiales, una Ley de Internación Compulsiva. Se trata, nada menos, que de enviar a refugios, adecuados y debidamente equipados, a personas que están viviendo en la más absoluta intemperie, aun sin que las mismas presten su consentimiento. El texto legal es claro: se trata de individuos cuya capacidad de decisión, así como de apreciar la situación por la que atraviesan, se haya visto afectada por cualquier clase de patología. Serán los funcionarios del Mides quienes tendrán a su cargo la tarea más complicada; definir el estado de la persona; si tiene o no enfermedades contagiosas, si presenta riesgo de vida y si está bajo los efectos de sustancias que le nublan el juicio. La medida, en sí, reviste una gran humanidad y no se trata, como dicen algunos, de un «problema estético» que enrarece la urbe. Un Estado que se precie de tal, no puede permanecer impávido ante el padecimiento de seres humanos que viven en la calle. No son «uruguayos de tercera», para dejarlos librados a su suerte, porque nadie sabe cuáles fueron las causas que los llevaron a estar allí. La vida da miles de vueltas. Creo que me estoy haciendo entender. Seguramente hay quienes, sin haber visto un solo resultado de la aplicación de esta Ley, ya están criticando al Ministerio del Interior y a los funcionarios que vayan a tener la tarea de respaldar esta clase de acciones. ¡Qué discursos políticos que se están mandando algunos al invocar estos temas! La determinación de llevar a alguien a un refugio o a un centro de atención a la salud, como es lógico, contará con una certificación médica y la reglamentación de la norma se basará en el protocolo que al respecto se establezca, dejando en claro deberes, derechos y garantías. Seguramente habrá quienes entienden lo que les pasa. Aunque no lo parezca éstos, muchas veces, configuran los casos más graves porque se están dando cuenta de lo que les ocurre y los abruma no sólo el estado en el que viven sino la vergüenza de vivir en él mismo y darían lo que fuese por volver a ser lo que alguna vez fueron. Son aquellos que, por más duro que la vida los haya golpeado, conservan la lucidez y la esperanza de revertir ese estado de cosas. No obstante también están, y en un número bastante alto, los que ya no conocen ni siquiera sus propias necesidades, no saben dónde están y no tienen la más mínima idea de lo que viven. Su mente se acostumbró a esa clase de pensamiento y los límites naturales se borraron de sus mapas de vida. Siempre hemos visto seres humanos así y no es algo típico del «tercer mundo». En países del hemisferio norte también están y las soluciones no siempre les llegan a tiempo. No se está creando una nueva modalidad delictiva ya que no se trata de una conducta punible ni reprochable. A nadie que duerma bajo las estrellas se le va a citar desde la Fiscalía por ese mero hecho. La pobreza y la miseria no son delitos; son otras muestras de violencia de la sociedad y deben ser abordadas con la seriedad que merecen.