abril 16, 2026

POR FAVOR, NO SE ENLOQUEZCAN

Master Escribe Cardozo

En un ping pong de preguntas y respuestas, hace ya varios años, Jaime Roos definió al Carnaval como «un estado de gracia». La definición sólo se puede analizar desde el punto de vista de la religión y significa estar libre de pecado luego de la Salvación. No creemos que Roos haya querido manifestar precisamente eso. Si a teólogos de la talla de Santo Tomás de Aquino o Karth Barth les resultó complicado explicar de qué se trataba este asunto, al suscrito, por cierto que mucho más. El carnaval es quizá la más grande de las fiestas populares de nuestro país y el mismo congrega a una innumerable cantidad de personas, que se divierten con el ingenio de las murgas. Hay gente que trabaja todo el año para esos días. Si bien lo ve y lo aprecia todo el mundo; el Carnaval es una fiesta de izquierda, entendiendo como tal lo que entiende la mayoría de la gente, aunque la dicotomía entre izquierda y derecha en sí, convengamos, está bastante perimida. Las murgas se meten con todo y, por lo general, nadie les discute nada. Los tipos le cantan y le pegan a lo que les parece, aunque la peor parte se la llevan los representantes de los Partidos Tradicionales. Es así. No se puede negar la creatividad y el ingenio ya que tienen la capacidad de «calzar» letras en músicas compuestas por otros y, hay que decirlo, muchas veces hacen pensar. Los políticos y los ciudadanos públicos siempre están a la consideración de la opinión de todos, pero a ninguno le gusta que ninguna murga los tome de punto. A ninguna persona le agrada que los murgueros «le caigan» a individuos o a instituciones que considere propias, tales como los partidos políticos, las iglesias, algunas instituciones, etc. «La gran muñeca», es una de las murgas más conocidas. Aunque no se sepa nada de Carnaval, es casi imposible que alguien que viva en este país no haya escuchado alguna vez ese nombre. Los integrantes de la misma cometieron lo que para algunos grupos es «un pecado», una falta o cualquier cosa por el estilo. En su afán de buscar «objetivos» para lanzar sus dardos, se fueron a meter justo con el fundador del Partido Colorado, el General Fructuoso Rivera. Colocaron al caudillo en un lugar que, al menos, es discutible: ideólogo y ejecutor, junto a otros, de la matanza de «Salsipuedes» en la que habrían muerto una cantidad de indios. Si bien algunas crónicas de la época no son nada condescendientes con Rivera, los estudios serios, entre los que se encuentran los del desaparecido historiador Lincoln Maiztegui, que era blanco como hueso de bagual y jamás tuvo empacho en expresarlo, demuestran claramente que esa famosa matanza, de la que tanto se ha hablado, no tuvo la magnitud que se pretende atribuirle. Dos elementos pueden ayudar a aclarar el episodio. El propio General Artigas, le encomendó a Don Frutos ponerle fin a las andanzas de los indios que asolaban la campaña, sin respeto por la vida, la libertad y la propiedad. Y por otra parte, mal haría la historia, así como muchos que procuran tergiversarla, hacer que las presuntas culpas de un genocidio recaigan en un sólo individuo cuando, hacía más de trescientos años que cientos de criollos trataban de liberarse de dicho flagelo. Pero que no se malentienda. No estamos condenando a los aborígenes ni, mucho menos, defendemos que se elimine gente por ningún motivo. La vida humana siempre está primero. Lo único que pretendemos es que las cosas se digan como realmente sucedieron y lo que pasó, en aquellos tiempos en «Salsipuedes» no es lo que muchos pretendieron que creyésemos. «La gran muñeca», en su total Derecho, seguramente abrevó en la dialéctica izquierdista y cantó sus coplas sin la información debida. Lo insólito fue la reacción de la agrupación colorada «Encuentro con Rivera»: «cuando a alguien se le atribuye intención delictiva es difamación; si se lo insulta es injuria», dijeron. Desde el punto de vista del Derecho es correcto. Pero nos preguntamos si vale la pena el hecho de formar ¡una caballería frente al Teatro de Verano!» como se les ocurrió. Para mejor hubo quienes manifestaron estar dispuestos a tomar las lanzas, supuestamente con el fin de defender el mancillado honor del fundador del Partido Colorado. No, muchachos; así no. ¡Cómo se les ocurre pensar que el Uruguay puede volver a aquellos tiempos purpúreos cuando se peleaba a lanza y sable en las cuchillas, en las que incontables seres humanos perdieron la vida por el simple hecho de llevar un pañuelo distinto al que llevaban quienes los mataron! Un acto de presión de ese tipo le está diciendo a la sociedad que hay grupos que no aprendieron nada de lo que se vivió en más de dos siglos. No puede ser que haya desubicados que busquen riñas por esa clase de motivos. Si quieren defender la historia verdadera, esa que algunos con intenciones espurias trataron de cambiar, acérquense a los medios de comunicación y expresen sus puntos de vista, compongan canciones que transmitan sus verdades y busquen el diálogo con aquellos que discrepan. Pero no metan al Partido Colorado ni al Uruguay en un embudo hacia un pasado que por fortuna no es otra cosa que eso: pasado.