QUE NO SE APAGUEN LAS LUCES
Con preocupación y algo de congoja, nos enteramos de la decisión de cerrar, por tiempo indefinido, la Biblioteca Nacional. Por estas horas, sentimos que una luz que brillaba había comenzado a titilar hasta que se apagó y por un momento el fantasma del Medioevo se hizo presente. Una institución como la misma, así como tantas otras que tengan que ver con la cultura, constituyen la puerta de entrada a un país, y mucho más tratándose de un país como el Uruguay. El paso de los años y los cambios que vemos todos los días por doquier, no han podido derribar nuestra condición de país culto, adjetivo éste que no se le da a todas las naciones. Resulta como mínimo curioso que el anuncio se haya efectuado nada menos que el Día del Libro y sin que los trabajadores ni el sindicato supiesen nada al respecto, lo que lo hace más extraño todavía, máxime teniendo en cuenta el período político que estamos viviendo. ¿Acaso no se podía haber hecho en otro momento? ¿Tuvo que ser justo en el día destinado a fomentar la lectura? Más inoportuno no podría haber sido. Podemos entender que el edificio que abriga tanto saber se encuentre en la necesidad de que se le efectúen reparaciones como a toda estructura edilicia que se enfrente al paso del tiempo. También nos resulta necesario saber cómo es posible que los problemas que hoy presenta una institución como esa, no hayan sido apreciados hasta este momento; se supone que los diferentes gobiernos, tanto en lo nacional como en lo departamental, tendrían que haber tomado en cuenta la situación de la biblioteca mucho antes, para que no estallara como una bomba justo ahora. Se puede alegar que faltaba plata, que había prioridades y que era imposible destinar fondos para que los enseres, las obras maestras, las enciclopedias y las colecciones se mantuvieran sin deteriorarse. Se puede decir que en el país había cuestiones más importantes que esa, lo que no quita que haya sido una displicencia inexplicable. Surge con claridad que no solamente la humedad es la responsable. Toda institución requiere saber manejarla, e innovar sin ignorar lo que ordena la Ley. Lo fundamental es que la gente, toda la gente, lectores asiduos o no, investigadores o no, eruditos o no, sepan cuál es el plan o sea cuáles son las intenciones del gobierno hacia la Biblioteca Nacional. Entendemos que si se van a realizar arreglos para evitar el avance del deterioro, los mismos pueden llevar tiempo. Eso se acepta pacíficamente, siempre que sea efectivamente ese el enfoque. En cambio, si el plan es dejar todo como está, para que algún día alguien, que tal vez no conozcamos, venga y diga qué va a hacer y cuánto tiempo le va a llevar, desde ya se podría decir que es un desquicio. Y por cierto que nadie bienpensado querría algo así. Hay muchos modelos para inspirarse y es cuestión de voluntad. Proyectos, al menos por ahora, no hay, por lo tanto no puede hablarse de presupuesto. No basta con decir: «queremos una biblioteca de puertas abiertas»; hasta un necio podría querer algo así. Se necesita una decisión concreta y la misma debe ser tomada a la brevedad.
El Sr. Ministro de Educación y Cultura, que es docente y que se supone que quiere mantener la Biblioteca Nacional abierta, deberá ser muy claro al respecto ante el Parlamento. El Sr. Presidente de la República, que también es un ciudadano educador manifestó que se trata de «una pausa». Queremos y necesitamos creerle.
