Uruguay tiene que avanzar mucho en ciencia, educación ytecnología antes de decidir entre centralismo y autonomía
La ciencia, la educación en ciencia y la tecnología se caracterizan por poseer un valor cognitivo intrínseco. Estos valores poseen un carácter universal y resultan fundamentales para la capacidad de autotransformación de una sociedad. En el siglo XXI, estas disciplinas emergen como funciones estatales de una esencialidad equiparable a la que la Judicatura, las Fuerzas Armadas y la Policía ostentaban en las repúblicas liberales emergentes hace doscientos cincuenta años. Muestra de ello es la selección de universidades e institutos de investigación como blanco de bombardeos en la presente guerra.La ciencia, la tecnología y la educación de posgrado en el ámbito científico poseen una capacidad de articulación intrínseca. En virtud de la argumentación expuesta en el artículo de la semana pasada, que postula la inconveniencia de un Ministerio, y afirmando la necesidad de articulación estatal de los diversos centros de investigación científico-tecnológica, propongo la creación de un Consejo Nacional de Investigación en Ciencia y Tecnología. Esta entidad debería constituirse como un ente autónomo, operando bajo un régimen análogo al de instituciones como la UdelaR, la UTEC y la ANEP, conforme a lo estipulado en los artículos 185 a 203 de la Constitución de la República. Su gobernanza podría estructurarse mediante un directorio de 5 miembros de composición mixta, algunos de carácter gubernamental (designados por el poder ejecutivo y ratificados por el Senado) y otros en representación de los investigadores científicos.Este Consejo tendría la función de articular, evaluar y financiar (en este caso sustituyendo a la ANII) una red de institutos de investigación temáticos. Estos institutos facilitarían la interacción interdisciplinaria entre científicos y acogerían -de manera análoga a lo observado hoy en el IIBCE, el Instituto Pasteur y el INIA- a investigadores procedentes de las universidades nacionales. Aunque algunos institutos de este tipo ya existan, la implementación plena de esta estructura formal requiere la creación de nuevos institutos y su distribución estratégica en diversas regiones del territorio nacional.Todavía nos queda un trecho antes de llegar a la discusión entre el centralismo y autonomía. La buena historia de nuestra ciencia favorece a esta última. La creación de PEDECIBA, las contribuciones de determinados programas de financiación en ciencia y tecnología, así como del Fondo Nacional de Investigadores durante la última década del siglo XX, junto con la instalación del Institut Pasteur, la constitución del Sistema Nacional de Investigadores y la Academia de Ciencias en la primera década del siglo XXI, han representado hitos significativos.Antes de 2010, podía argumentarse que Uruguay había sentado buenas bases para el desarrollo en ciencia y tecnología. No obstante, la implementación del PENCTI, en conjunción con una gestión de la ANII fundamentada en la concepción errónea de que la ciencia y la tecnología constituyen un componente subordinado de la innovación, condujo a un retardo de crecimento y, sobre todo, en la maduración del sistema. Un indicador relevante de este error conceptual lo constituye el fracaso de la estrategia inicial del Institut Pasteur para autofinanciarse mediante la provisión de servicios. Actualmente, una proporción sustancial de sus recursos se origina en aportaciones del presupuesto nacional, incluyendo la remuneración del personal científico adscrito a la UDELAR y al Ministerio de Cultura.A raíz del desacierto estratégico derivado de empaquetar la ciencia con la innovación, quince años después del PENCTI y la ANII, la construcción de cimientos se retrasó y estamos nuevamente en fase de resiembra. Numerosos talentos potenciales se han disipado, emigrado o redirigido hacia otras áreas. La demografía de la comunidad científica revela un envejecimiento. Adicionalmente, es infrecuente que los estudiantes de posgrado completen sus doctorados antes de los 35 años, lo cual se agrava por la subsiguiente falta de oportunidades de empleo al finalizar sus doctorados. Por otra parte, la aplicación de unafilosofía pragmático-economicista (ya sea por diseño intencional u omisión) ha resultado en un estancamiento persistente de la educación secundaria. Este estancamiento se manifiesta en una elevada tasa de deserción escolar y una deficiente preparación en matemáticas y ciencias exactas, lo cual a su vez es en parte un corolario de la limitada representación de estas disciplinas en la comunidad científica nacional. La consecución de una “cosecha” sustancial aún requiere un esfuerzo adicional significativo.No obstante estas limitaciones, y fundamentalmente merced a la contribución de PEDECIBA, Uruguay cuenta con aproximadamente 2000 investigadores categorizados en el SNI. Si bien una tasa de 0,6 investigadores por cada mil habitantes, a primera vista, parece comparable a la de otras naciones, es preciso destacar que dicha tasa exhibe un valor analítico limitado. Su escasa representatividad la señala el hecho de que nos situamos en la posición 59, dentro de la escala, en coincidencia con Groenlandia, solo diez lugares por debajo de China continental (Macao y Hong Kong se encuentran más arriba). En comparación con nuestros vecinos, 2.000 investigadores parecen insuficientes. Adicionalmente, es fundamental considerar la significativa heterogeneidad existente y su fraccionamiento en corsés institucionales. Según la página web del PEDECIBA, hay únicamente 89 matemáticos (4%), 104 físicos (5%). Estos recursos no solo son escasos para lograr una buena producción, sino que son muy insuficientes para permear cultura formal en los niveles de educación secundaria y terciaria. Por otra parte, los listados del SNI (las cifras incluyen el nivel de iniciación, probablemente postdoctorales con cargos interinos), muestran en las áreas de tecnología: 216 en ingeniería (11%), 260 en medicina (que suman 13% pero es un cálculo muy sobreestimado en lo que a tecnología se refiere) y 328 en ciencias agropecuarias (16%). La suma de todos los investigadores en tecnología se compara con un número similar de biólogos (35% del SNI) y es menor que la suma de biólogos y bioquímicos (50 %).En resumen, la cuestión fundamental reside en que la ciencia, la educación científica y la tecnología se caracterizan por la cooperación transversal entre disciplinas. Para ello, se requiere un número mínimo de investigadores por disciplina (y no simplemente un porcentaje de la población), además de una interacción suficiente entre ellos. No hemos llegado al mínimo necesario ni a la interacción suficiente. Son fundamentales para dicho avance las plazas de dedicación total, las carreras de investigación (tenure track), el aumento de plazas y la creación de institutos temáticos y campus universitarios. Si bien es imperativo evitar una dispersión ilimitada que consuma recursos insostenibles, alcanzar dicho umbral numérico en investigadores, en plazas de trabajo y en institutos posibilita el trasvase de ideas innovadoras entre disciplinas y salvaguarda frente a la pobre rigidez intelectual inherente a la endogamia.Antes de oponer argumentos y decidir entre el ministerio y el ente autónomo, es necesario completar unos cimientos sólidos. Esto requiere aumentar el número de becas de doctorado (incluso a costa de las de maestría), cubrir todas las plazas de investigador vacantes en los institutos actuales y, progresivamente, asignar más plazas tenure track a los mismos, asegurar la financiación básica para el funcionamiento de los laboratorios (tal vez, a través de una mejor asignación por investigador) y realizar una inversión sustancial e implementación de uso compartido en instrumentos de gran porte. Hay que duplicar el número de proyectos de Clemente Estable, María Viña e Ida Holst, y reperfilar las bases de los fondos sectoriales, como por ejemplo el de Salud, las cuales corresponden hoy más a la evaluación de la gestión (tarea indelegable inherente al MSP) que a proyectos de investigación. En lo administrativo se debe flexibilizar el manejo presupuestario del IIBCE (único instituto estatal actual) y diseñar y poner en marcha institutos temáticos vinculados y financiados por empresas públicas de proyección estratégica, como UTE y Antel, cuyas gestiones generan importantes beneficios además de aportar a los fondos fiscales, y empezar a pensar en un instituto nacional de investigación en salud como parte de una remodelación del actual Seguro Nacional de Salud con vistas a transformarlo en un verdadero Sistema. Finalmente, y no menos importante, se requiere adaptar la estructura de la UDELAR a la época actual. Todo esto junto es una tarea hercúlea, que difícilmente pueda completarse en un período de gobierno. Recién despues, será el momento de discutir la gobernanza del sistema articulado. Todavía más tarde, dependiendo de cómo nos posicionen las grandes potencias político-económicas en el reparto internacional del trabajo, vendrá la importancia de innovar en la producción, cuando los políticos, los contadores y los economistas resuelvan esa contraparte del problema. Los científicos uruguayos desde hace tiempo mantenemos nuestra “especie” innovando todos los días. A veces, a pesar de ellos.
